Transcurría un mes de Diciembre anormalmente caluroso, el pasado día 21 trajo un invierno vestido de 15 grados, pero eso a Nacho poco le importaba, ¿o si? A decir verdad, el tiempo era la única cosa sobre la que podía pensar con claridad. La que era su novia desde hacía 2 años acababa de morir y él se limitaba a escuchar las palabras de cariño que recibía de sus amigos y familiares a la puerta del hospital. Le sonaban como si fuesen de mentira, como si las hubiese escuchado mil veces, incluso salidas de su propia boca. Sólo el tamaño del cigarrillo que se consumía entre sus dedos mantenía realmente su atención.
Y mañana nochebuena, tendría que mantener su cara larga pero no en exceso, tampoco era plan de amargar la noche más de la cuenta ¿Qué iba a hacer, cenaría algo, se cogería la borrachera de su vida, se limitaría a encerrarse en su habitación que ayer mismo compartió con Ana? No lo sabía. Ana, volvía a su cabeza, tras apenas un minuto de ausencia, con sus 25 años, uno más que él, ¿quién iba a pensar que su vida acabaría así?
El día antes habían estado haciendo las últimas compras que su madre le encargó para la cena de nochebuena, luego fueron a su casa, y algo más tarde una cena informal con paseo y despedida, "hasta mañana". Un rato más tarde un mangante de poca monta que huía de la policía la arrolló a 90 por hora en pleno paso peatonal y acabó con sus cabellos enredados entre el cristal de un escaparate que atravesó con su cuerpo ligero y delicado. En el tanatorio no le permitieron verla, tampoco le importó.
Ya era tarde, poco se podía hacer ya a las 12:30, mañana sería un día largo, con funeral escueto por la mañana y cena familiar por la noche. Ya en casa cenó y se metió en la cama con la mayor monotonía posible, dejando correr unas lágrimas ante el espejo. No conseguía dormir, eran las 3:00 de la mañana y la radio se volvió un frío acompañante. Haciendo el menor ruido posible se vistió con su ropa impregnada del sudor angustioso del día y salió a la calle. Todo en silencio, algunos coches deambulaban entre la niebla. Llegó al parque que precedió tantas noches de pasión y se sentó en un banco. Sacó con furia un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con indiferencia. Instantes después una silueta se dibujó en la bruma, era un indigente de mediana edad que tiraba de un carrito de compra ajado por el sol y la lluvia. Se le acercó y le pidió un cigarrillo. Le alargó el paquete y mientras lo sacaba el hombre le dijo "¿bonita noche verdad?", "si usted lo dice", "tu nunca has dormido en la calle", "no, en eso tiene usted razón", "¿usted?, no soy tan mayor", "lo siento me sale solo". Le devolvió el paquete y el mechero y a punto de irse le preguntó "¿por qué lloras?", "¿y eso a ti qué te importa?", "a decir verdad me importa, porque es navidad, y en navidad la gente no debería llorar", "¡váyase al carajo! esa es la típica frase que me dice mi tía de 70 años", "eso es cierto, pero no soy tu tía de 70 años", "¿y cuál es la diferencia?", "pues que yo sé por qué sufres, y comprendo tus lágrimas, pero ella no las necesita, te recuerda como a un chico sonriente". Nacho dio un respingo, mirando al hombre con ojos desorbitados, intentado dar una explicación racional a lo que acababa de escuchar. “¿Quién demonios es usted?” “¿yo? No sé, eso depende de quién lo pregunte”, “no me vengas con gilipolleces, ¡dime inmediatamente quién eres!, ¿qué, eres uno de esos pervertidos que les gusta ir a los tanatorios y a los funerales a mirar? ¡Vamos, dilo, tirado de mierda!” Sonriente, el hombre, observaba a Nacho con compasión, intentando hacer caso omiso de las palabras de rabia que aguantaba con estoicidad. Finalmente Nacho cayó al suelo llorando como un niño. “Algunos me llaman el espíritu de la navidad, otros el ambiente conciliador… pero supongo que ya eres demasiado mayor para creer en estas cosas” “por favor váyase, ya tengo bastante por hoy” “como quieras, pero no olvides esto, estás obligado a ser feliz, para serlo por los dos”. Y se marchó, tirando de su carrito que parecía cada vez más pesado. Nacho apoyó su barbilla en las rodillas que le temblaban de estar sentado en el suelo, ya era tarde, el tiempo parecía haber pasado muy deprisa, pero su reloj marcaba las 4:30, el funeral era a las 11:00 y no quería despertarse nunca, pero daba igual, sabía que a las 9:00 sonaría el despertador de todas formas. Volvió a casa, era la segunda vez que se acostaba, Ana ya lo hizo para siempre, volvía a sus recuerdos, es curioso, desde que el mendigo se fue no había pensado en ella, como si aún estuviese viva, como si la fuese a ver mañana de nuevo, ¿para qué preocuparse?, pensó. Tuvo un sueño plácido y tranquilo, evocando imágenes de aquí y de allá, Ana aparecía y desaparecía sin angustia ni violencia, como hablándole al oído.
La iglesia estaba llena de amigos y familiares, también un par de policías con sus trajes de gala, por aquello de “asumir responsabilidades”. Y como siempre, en todos los funerales los asistentes lejanos guardaban las apariencias con sus caras largas recordando viejas aventuras de juventud a la puerta del templo. Los de dentro, los más cercanos, conservaban sus gafas de sol sacadas a regañadientes de sus alojamientos invernales, hablaban bajito, susurraban quejidos, algunos sin poder aguantar no se molestaban en contener sus lágrimas o palabras de pena y les hacía eco la voz, un eco que inundaba el vacío dejado por Ana. Pero mientras, un milagro se produjo, un milagro de un día de nochebuena. Nacho sonreía, sonreía por los dos. JOST